No es la primera vez que lo oiréis ni la última. El tiempo aunque sea un concepto humano no deja de ser importante. ¿Y a santo de qué me he puesto en plan filosófico?. Pues ahora os lo explicaré.
Hace un par de días fue luna llena, siempre que eso sucede, suelo tener sueños más vívidos, hablo por las noches y esas cosas bastante comprometidas cuando al día siguiente te levantas y todo el mundo te mira suspicaz.
La verdad es que fue un sueño la mar de chulo, estilo final fantasy. Estábamos en una nave voladora dentro de la atmósfera de un planeta y nos dedicábamos a buscar localizaciones con tesoros. Teníamos una vista aérea perfecta de los cofres que queríamos buscar, aterrizábamos en la zona más conveniente e íbamos a por ellos yo y mi grupo.
Tuvimos varios encuentros con un dragón que lanzaba bolas de fuego que calcinaban todo a su paso, morimos un par de veces, nos reiniciamos otras tantas y al final averiguamos que no había que matar al dragón, sino domeñarle. Una vez hecho era otra modalidad de transporte, esta vez por cuevas y galerías por donde ni nosotros solos ni nuestra nave podíamos desplazarnos.
El dragón nos condujo a uno de los mayores tesoros del planeta, que estaba custodiado en un castillo en el que se celebraba una competición por el mismo. Así que ni cortos ni perezosos nos sumamos a la contienda e hicimos algunas pruebas, hasta que uno de nuestros compañeros abrió la boca. No recuerdo que dijo pero concluyó en nuestra expulsión del certámen. Nos íbamos a ir rezongando cuando por una de las ventanas estilo gótico divisé a cámara lenta a un caballero. Era un hombre mayor, enjuto y con la piel apergaminada. La palidez de sus facciones no era normal, y se movía impelido por algo más que sus músculos. La armadura que lo cubría estaba vieja y ajada, como si fuera una segunda piel. Entonces me vi exclamando:
-El caballero que no puede ser muerto- dicho ésto atravesé el cristal de la ventana y me precipité al paseo de ronda por donde había pasado segundos antes el caballero. Lo vi en un giro del paseo, junto a las almenas, ensartando en su espada a otro caballero. A mi alrededor yacían muertos los participantes del concurso.
Sin detenerme a pensar mucho, pues por alguna extraña causa, mi corazón me impelía a abordar cuanto antes al caballero, salí tras él corriendo lo más rá

ido que podía. Le dí alcance, levanté mi espada y asesté una estocada dirigida al cuello. Como si de magia se tratase la punta de mi espada no hendió la carne como cabía esperar, sino que fue repelida tantas veces como intenté clavarla. No sé porqué de extraño, yo misma era la que había anunciado que era inmortal. Supongo que no esperaba que fuera también impenetrable.
El caballero sólo me prestaba la mínima atención sin dejar de avanzar. Allí, al final del paseo, en una torre, estaba el cofre, el mayor tesoro del planeta a tan sólo un tiro de piedra. Traté de correr hacia él sin dejar de atacar al caballero. El me sacaba ventaja, en un último esfuerzo me arriesgué a dejar de atacar para impulsarme con todas mis fuerzas, él hizo lo mismo. Corriendo a la par teníamos el cofre delante. Sus remaches metálicos relucían bajo las primera luces de un nuevo día, a un pálpito de distancia, extendí la mano y
BEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEP
BEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEP
BEEEEEEEEEEEEP
BEP
BEP
BEP
*Puto despertador
Así que bienvenidos un día en el que por unos segundos me quedé sin saber el fin de la historia, los torniquetes de Plaza de Castilla desmagnetizaron mi abono, por ello perdí un metro y tuve que esperar 10 minutos a otro que se estropeó y tuvimos que desalojar, y ¡ah! sí, casi me atropella una moto. Unos cuantos segundos más desde el inicio del día no me hubieran venido nada mal. He aquí la importancia del tiempo, por supuesto esto son nimiedades, pero a quién no le ha pasado una desgracia, o una alegría por esos militantes sigilosos que cobran vida propia en las pantallas del metro bajo el sobrenombre de min (Medida alternativa del tiempo made in Metro de Madrid según la novia de un amigo).
Si es que me jodió sobremanera no saber el final de la historia.